viernes, 15 de octubre de 2010

La aprendiz.

Allí estaba aquella niña... Aquella maldita niña que no hacía más que desconcentrarle. La pequeña estaba pidiendo algo en la barra de la taberna, donde decidió acercarse posteriormente con una sonrisa bastante malévola. Al fin descubrió qué era lo que tanto le deconcertaba... Era su olor a carne fresca, sin corromper. Apoyándose a su lado, casi acechándola, sacó de su chaleco un cigarrillo de color negro, el cual encendió con una extraña llama roja que salía de sus manos y mientras lo encendía un humo negro salía del mismo. Tomó dos caladas y siguió con la mirada a la joven, que iba directa a sentarse en un rincón de la taberna. Detrás de ella, como el cazador que sigue a su presa, acabó asomándose y cuando estuvo lo suficientemente cerca, le susurró:

-¿Qué haces aquí, pequeña?- Sombrero no paraba de relamerse los labios una y otra vez.- No pareces de este lugar... Jamás te había visto por aquí, cosa que comprendo... No es un lugar para señoritas como tú.- Sonrió de nuevo.

-No se preocupe, estaré bien. Aunque no lo parezca, sé defenderme sola.- La muchacha echó un trago a su jarra de hidromiel y continuó diciendo.- Soy la aprendiz de una bruja... Bueno, era.

-Oh...- Por un momento gozó de la insensatez de la joven.- ¿Ahora ya no lo eres?

-Murió... Y después de salir de su cripta he decidido venir aquí, donde estoy segura que encontraré un maestro que continúe las enseñanzas de la vieja bruja.- Comentó con algo de indiferencia y desprecio.

-Entiendo...- Dio una calada a su cigarrillo mientras la devoraba con la mirada.- Bueno... Tal vez podríamos llegar a un acuerdo si te consigo un maestro, pequeña.

-Es Erine, no pequeña.- Corrigió de mala gana.

-Sombrero...- Una maquiavélica sonrisa se dibujó en su rostro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario